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Cuando la macro deje de suponer y empiece a simular.
Economía

Cuando la macro deje de suponer y empiece a simular.

Los modelos macro asumen que todos los agentes piensan parecido. Motores como MiroFish abren otra vía: simular economías donde lo que importa no es solo cuánto gana la gente, sino qué cree que va a pasar.

Nicolás Adriazola25 Jun 20264 min de lectura
MacroeconomíaModelos ABMExpectativas

La macroeconomía tiene una especie de secreto a voces. Todos sabemos que los modelos son simplificaciones, pero igual hacemos como si describieran bastante bien la realidad.

Durante años, la idea fue más o menos esta: si entendemos cómo se comportan los agentes, podemos entender cómo se comporta la economía. Entonces modelamos hogares, empresas, gobierno. Les ponemos restricciones, incentivos, y algo bien importante: expectativas sobre el futuro.

El problema es que, en algún punto del camino, empezamos a asumir algo medio incómodo. Que esos agentes, aunque distintos en ingresos o riqueza, piensan más o menos parecido. O al menos, que sus diferencias no cambian demasiado el resultado agregado.

Y eso, si uno lo mira con honestidad, no es tan creíble.

Porque en la vida real, dos personas con el mismo sueldo pueden tomar decisiones completamente distintas. Una puede gastar, la otra ahorrar. Una puede pensar que la inflación va a bajar, la otra que esto recién empieza. Y esas diferencias no son ruido. Son parte del sistema.

Ahí es donde aparece algo interesante.

Hace poco empezó a circular un motor llamado MiroFish, que propone una forma distinta de simular sistemas complejos. En vez de trabajar con agentes “limpios”, como funciones matemáticas bien portadas, trabaja con agentes que tienen personalidad, memoria, información incompleta y que, lo más importante, interactúan entre ellos. No solo reaccionan. Conversan, se influencian, cambian de opinión.

Si uno lo piensa, eso se parece mucho más a una economía real que a un modelo tradicional.

Porque la economía no es solo tasas de interés y restricciones presupuestarias. También es percepción, narrativa, confianza, miedo. Es lo que la gente cree que está pasando.

La macro ya ha intentado avanzar en esa dirección. Hoy existen modelos que incorporan heterogeneidad entre hogares, diferencias en riqueza, restricciones de liquidez. Eso fue un avance importante. Pero todavía hay algo que sigue siendo bastante ordenado: la forma en que los agentes miran el futuro.

Y ahí está la intuición interesante.

¿Qué pasa si no existe una sola forma de formar expectativas?

¿Qué pasa si la economía no tiene una expectativa promedio, sino una distribución de creencias?

¿Qué pasa si lo importante no es solo cuánto ganan las personas, sino qué creen que va a pasar?

Cuando uno empieza a pensar así, el problema cambia.

En los modelos tradicionales aparece algo como “la inflación esperada”. Suena razonable, pero en el fondo es un promedio implícito. En la práctica, nadie observa ese promedio. Cada persona tiene su propia versión de lo que cree que viene.

Entonces la economía deja de ser solo un sistema de variables agregadas y empieza a parecerse más a un sistema de creencias agregadas.

Y eso abre una puerta bien interesante.

Imagina dos economías con los mismos datos duros. Misma inflación, misma tasa de interés, mismo nivel de actividad. Aun así, podrían evolucionar distinto si las personas interpretan esa información de manera diferente. Si en una economía se piensa que el shock es transitorio y en otra que es permanente, las decisiones cambian. Y con eso, cambia la trayectoria completa.

En ese mundo, modelar la economía ya no es solo resolver ecuaciones. Es también entender cómo se forman, se ajustan y se contagian las expectativas.

Y ahí es donde algo como MiroFish empieza a hacer sentido.

No porque venga a reemplazar todo lo que existe, sino porque permite agregar una capa que siempre ha sido difícil de formalizar. La dimensión cognitiva y social de la economía. Porque el problema nunca fue solo cuánto consumen los hogares o cuánto invierten las empresas. El problema es que esas decisiones dependen de lo que creen, y esas creencias no son homogéneas, ni estables, ni necesariamente racionales.

Obviamente, esto no significa que todo se transforme en una simulación libre. La macro sigue necesitando disciplina. Restricciones presupuestarias, consistencia contable, datos que hagan sentido. Sin eso, cualquier modelo puede ser muy entretenido, pero no sirve para entender nada.

Pero sí implica un cambio de foco.

Durante años, la macroeconomía trató de microfundar el comportamiento económico. Después incorporó heterogeneidad. El siguiente paso, aunque suene incómodo, podría ser otro: microfundar las creencias.

Y si eso pasa, el cambio no es menor.

Pasaríamos de una economía donde todos “esperan algo parecido”, a una donde lo relevante es cómo se distribuyen esas expectativas. Donde no solo importa el shock, sino cómo ese shock es leído por millones de agentes distintos.

Y eso deja de ser una discusión teórica cuando lo llevas a la práctica.

Porque si las expectativas importan, entonces cambian cosas muy concretas. Cómo diseñas una prueba de tensión. Cómo proyectas demanda. Cómo modelas precios. Incluso cómo se comunica una política económica.

Al final, quizás la macroeconomía nunca fue solo un problema de ecuaciones.

Quizás siempre fue, en parte, un problema de cómo pensamos.

Y si eso es cierto, entonces modelos como estos no vienen a reemplazar la macro.

Vienen a recordarnos qué es lo que nos estaba faltando modelar.


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